·
CRÓNICAS URBANAS ·
Al Prof. Kidie D’Elía
La magia perdió a su duende
*Kidie
fue muchas cosas y fue, de pura cepa, esa ciudad y ese mar que siempre
contraponen a la identidad rochense. Durante medio siglo, fue, en los
dos platos de la balanza , hito y rutina de la sangre modo de la comunidad.
Lo fue, claro está, desde la música y desde el cantar. La
tragedia del hombre sobreviviendo, ha creado magias que lo ayudan en su
cada día. Y quizás la única magia de maná
y de sueño que se repite en la búsqueda y la creación
de todos los tiempos, sea la música y el canto. Es que la esperanza
ha sido y siempre será, la música de un ave fénix
reconvertido. Y lo mismo le pasa a la vida que es muchas cosas pero siempre
es un canto. Y Kidie nació de esos mandatos divinos. Nació,
cuna de música y de canto. Mamó leche de esa magia y la
enraizó en sus células de duende. Y creció, hasta
sus últimos días, en ese uno dos de la genética del
oído y de las notas. Fue muchacho como todos. Fue de travesuras,
de picados en las esquinas. Fue de pantalón corto y tiradores como
la gurisada de antes. Fue jugador de fútbol a su estilo “pinturita”;
le gustaron todas y desde gurí pinto para crack. Pero no fue crack
del fútbol porque su pelota giraba en un mundo que crecía
hasta los sonidos, los acordes y las notas. Cuando aún no tenía
veinte años, dijeron que sería genio y lo quisieron llevar
a donde se modelan los genios. No fue. Rocha tiene eso . Dramática
hasta en su destino, todos los días abre el horizonte del Uruguay
y cierra el suyo. Y como a tantos, esos días de quedarse, lo incorporaron
al éxito aldeano y a la rutina de la erosión de que los
fenómenos no viven a la vuelta de la esquina. Y aquí, fue
todo lo que un maestro de música, de canto y de señorío
puede ser. Y también fue, casi a escondidas, la distancia que le
marcaron y que él aceptó marcar. Tenía carácter.
Era fogoso, sanguíneo, y lo peor de todo, era perfeccionista. Y
como Rocha (un poco más que el mundo), le ha dado las riendas y
la erudición a los mediocres, el facilismo lo cercó poco
a poco. Pero a veces, él y su gente hacían su escape. Era
cuando volvían a “redescubrirlo” genio, pese a la envidia.
Era ridículo que no lo hicieran!. Y él, y ellos, y los duendes,
se escapaban de los muros y hacían su rito. Kidie dirigía
como si estuviera posado en el oleaje parsimonioso de un mediodía
de octubre sin virazón. Y toda su humanidad de alma, de piel, y
de pájaro, se movía en sus brazos; y sus ojos mandaban y
su boca contagiaba y sus manos atrapaban y soltaban. Y ese poema de sensibilidad
se iba a la sensibilidad de las voces y las voces la llevaban a la piel
de la gente que la dejaba entrar a su corazón, como el latido que
abraza el abrazo. Tanto era así, que uno a uno, todos, por un instante,
se sentían tan mágicos como la magia que vivían.
Pero después, seguro, la vida “verdadera” volvía
a todos. Y todos volvían a la vida sin siquiera pensar si no la
estaban dejando. Por lo menos un poco. Cosas del pragmatismo.-
La vida de Kidie siempre fue dura. Quizás fue de ella que tomó
un poco de su aspereza. Las primeras piedras lo empezaron a acosar cuando
era aún joven. Eran las piedras de sus riñones. Después
aparecieron otras. Los afectos, los desafectos; las idas, las venidas;
los ahogos, los desahogos , la sed, Guzmán y los años en
su vitalidad, empezaron a agotar su fuente y su frescura. Hasta que hace
algunos días jugó una maña talla, dijo planto y se
plantó.-
Los científicos ya saben y ya cuentan que cada átomo de
la vida tiene ritmo. Tiene ritmo el corazón; pero aunque no lo
parezca, tiene ritmo el hígado, esófago, el estómago
y cada una de la células separadas y todas juntas. Vivir ya saben
ellos, es un gran ritmo de latidos. Lo es aunque no lo demuestre tanto
como lo muestra el zamba y el fútbol de Brasil. Sobre si la muerte
sólo te lleva al polvo y al olvido, los estudiosos no saben mucho.
Pero si la mueca que se llevó a Kidie, aún anda con él
en alguna reconversión inimaginable, pronto vendrá a decirnos,
milagro, que está aprendiendo a tocar el piano y a cantar. En fija
que sí que vendrá!...**
Jorge
Rodríguez Benítez
|